La casa de papel: un fenómeno difícil de explicar

Es difícil explicar por qué -o por qué no- algo puede llegar a funcionar del modo en el que lo ha hecho La Casa de Papel. El uso de fórmulas, trucos, temas, tonos e historias concretas no garantizan nada al 100% ni a ningún otro porcentaje y, mucho me temo, que esto seguirá siendo así (al menos por ahora) por mucho que se empeñen las plataformas en utilizar sus famosos algoritmos.

El único indicador que señala qué película o serie será un éxito y cuál no, reside únicamente en un espectador que lejos de ser transparente y predecible no deja de sorprendernos. Y si no que se lo pregunten a Galder Gaztelu-Urrutia con su película El hoyo, que pasó sin pena ni gloria por un puñado de pantallas españolas… para pocos meses después arrasar en Netflix.

Por eso no tiene mucho sentido señalar cuáles son las claves del éxito de La casa de papel ni de ninguna otra producción; porque igual que han servido para su triunfo, podrían haber provocado su estrepitoso fracaso, y de hecho así lo fue en la segunda temporada durante su emisión en Antena3.

Y es que quizá la única clave del éxito de La casa de papel esté en ‘simplemente’… ser La casa de papel.

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Pero si algo ha sido capaz de conseguir Álex Pina, es llamar la atención de ese público soberano. Y lo ha logrado utilizando una serie de mecanismos narrativos manejados de un modo verdaderamente inteligente.

LO ATRACTIVO DE LOS PERSONAJES

Seguramente lo más destacable de la serie sean sus personajes. No son atracadores de bancos sin más: tienen sentimientos, hijos a los que no pueden ver o un pasado que los persigue. De este modo, los perfiles de Denver, Moscú, Nairobi, Tokio, Río o Estocolmo acaban siendo muy contradictorios al actuar como peligrosos delincuentes, pero con los problemas personales que podría tener cualquier hijo de vecino.

Y, sorprendentemente, de esta extraña mezcla que no tendría por qué funcionar… surge algo muy atractivo y magnético.

Pero de entre todos los personajes de la serie destacan dos por encima del resto: El Profesor y Berlín. En este caso son dos tipos que rozan la sociopatía y la psicopatía respectivamente, por lo que lo lógico es de primeras no empatizar demasiado con ellos. Sin embargo son, cada uno a su manera, dos seductores natos y el ejemplo perfecto de antihéroes a los que no puedes no querer.

Creo que un ejemplo similar de antihéroe se podría encontrar en el protagonista de la serie Dexter. Dexter era un psicópata, un asesino en serie que mataba sin pudor, sin juicio previo y disfrutando. Sin embargo se lo perdonabas; te convencía porque Dexter tenía un código ético, tenía sus normas y mataba a quien, en teoría, se lo merecía. Y el modo de convencerte de que tenías que querer a ese personaje era muy sencillo: el primer asesinato que veías cometer a Dexter era contra un violador de menores.

Con eso ya te tenía ganado. Ese cerdo se merecía morir. Dexter había hecho justicia y se convertía así en un héroe.

La serie molaba durante las primeras temporadas, luego se convertía en un truño. Por si alguien se ve tentado…

Con El Profesor pasa lo mismo. En principio no debería parecernos del todo bien que un grupo de tíos que no dan palo al agua, encabezados por un mojigato listillo, pretendan robar el Banco de España. Ahora bien, si el mojigato listillo explica que lo que están haciendo es justicia, porque durante los años de la crisis los bancos han estado presionando y subyugando al pueblo –es decir, al espectador que está viendo esta historia- la cosa cambia.

Y esto nos lleva a la siguiente clave.

LA INTERPELACIÓN DIRECTA AL ESPECTADOR

Lo saben los políticos y, por supuesto, lo saben los guionistas: quien maneja el relato maneja a la opinión pública. Y para explicarlo pondré dos ejemplos:

  • ‘El Lute’ se hizo famoso por ser condenado por atraco y asesinato durante la dictadura franquista. Su acusación fue injusta y su imagen fue usada para meter miedo a la población. Actualmente muchos continúan creyendo que es un monstruo sádico.
  • Sin embargo, ‘El Dioni’ era un vigilante de seguridad que robó 298 millones de pesetas y se dio a la fuga. La mitad del dinero no se ha recuperado todavía. Para muchos sigue siendo un héroe.

Para que los planes de El Profesor funcionen es fundamental contar con el apoyo de la opinión pública: que el resto de ciudadanos les vean como a unos héroes. Y si para ganar su favor tienen que lanzar billetes desde un zepelín, sacar a la luz los trapos sucios del Gobierno y atacar a la banca que tanto daño ha hecho a la clase media y baja, pues se hace…

¿Populista? Sí.

¿Efectivo? También.

Pero lo realmente genial de La casa de papel es que cuando hacen esto nos interpelan directamente a nosotros como espectadores. A nosotros no nos llegan los billetes que caen sobre Callao, pero igualmente nos indignamos con las torturas a Río y justificamos un robo que tiene paralizado a medio país, con secuestro de rehenes, violencia y que es absolutamente cuestionable lo mires por donde lo mires.

Cuando en La casa de papel hablan de ‘la opinión pública’ de algún modo parece que rompen la cuarta pared para apelar directamente al público que está consumiendo la serie. Nosotros somos esa opinión pública de la que habla El Profesor.

Es casi como si nos dijeran ‘¡Caballeros, este atraco va por ustedes!’.

UN RITMO FRENÉTICO Y PALOMITERO

Otro de los elementos que distinguen a la serie es el ritmo. En concreto uno absolutamente frenético, con pequeños puntos de giro en la historia cada pocos minutos y sin prácticamente capítulos con momentos de calma.

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Pequeños giros que hacen avanzar la trama a gran velocidad y que, junto a la narración de Tokio que apostilla lo que ocurre a cada momento, construyen un suspense trepidante para conseguir que no te levantes del sillón.

MÚLTIPLES NARRADORES

Y ya que hablamos de la narración de Tokio quiero detenerme a analizar este aspecto, porque La casa de papel no utiliza un solo narrador, sino varios.

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  1. Por un lado encontramos una narración omnisciente en la figura de Tokio. Si nos fijamos, Tokio narra desde el futuro y sabiendo lo que pasó por la cabeza tanto de sus compañeros, como de los policías que trabajaban en la carpa. De algún modo que no se explica en la serie, su Yo Narrador sabe más que su Yo Actante del presente.
  2. Por otro lado encontramos una focalización interna múltiple. Esto tan pedante significa que hay ocasiones en la que varios personajes narran lo que está ocurriendo, pero desde su punto de vista único y en base a lo que saben o creen saber. Es el caso de El Profesor o de los inspectores cuando se marcan un monólogo explicando cuál será el siguiente paso y cómo se desarrollará su próximo plan, y en muchas ocasiones tirando de voz en off.
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Y los objetivos de utilizar múltiples narradores son también variados:

  1. Esta serie se emitía en Antena 3, a última hora de la noche, con una duración de casi 2 horas brutas, con largos bloques de anuncios cada pocos minutos y un ritmo muy alto. Sin la ayuda de narradores recordándonos lo que había pasado hacía un rato y anticipando lo que estaba por ocurrir… probablemente nos perderíamos.
  2. Que un narrador anticipe lo que va a ocurrir genera suspense. Y el suspense te ata a la silla, aunque sean las 12 de la noche y al día siguiente te levantes a las 6 para ir a trabajar.
  3. El tercero de los objetivos es más bien un seguro de vida. La serie en ocasiones apuesta por giros que mantienen la suspensión de incredulidad a duras penas. O dicho de otro modo… a veces te cuelan unas morcillas que no te terminas de creer y es fácil salir de la serie en esos momentos (ojo, pasan tantísimas cosas y tan descabelladas que es muy complicado que algunas no nos patinen un poco). Es ahí donde entra en juego sobre todo la narración de El Profesor o esos flashbacks explicando en una clase el plan salvador: son las herramientas con las que solucionan -o al menos lo intentan- posibles Deus ex machina ​y que, si te sales de la narración, te ayudan a reengancharte más fácilmente que si dejasen los cabos sueltos.

CREAR COMUNIDAD

El manejo de los iconos y los símbolos como valores ideológicos en la serie ha sido fundamental para conseguir que sea un éxito a nivel mundial.

No voy a detenerme a explicar su importancia o a analizar el significado del color rojo porque ya se ha hecho hasta la saciedad. Pero sí quiero incidir en que gracias al uso de la máscara, los monos o el Bella Ciao han conseguido crear comunidad. Han conseguido que en Brasil, Arabia Saudí o Francia se identifiquen sin ningún tipo de problema estos elementos estéticos y que, sobre todo, como espectadores nos entreguemos a la idea de la resistencia, la igualdad o a la lucha por lo que es justo, y que además lo hagamos independientemente de nuestra cultura o lengua.

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Desconozco las claves del éxito de La casa de papel, El ministerio del tiempo o El hoyo y creo que en buena medida es absurdo tratar de encontrar dichas claves… porque, si fuese tan fácil, estaríamos rodeados de éxitos. Sin embargo, lo que sí tengo claro es que es una suerte para la industria audiovisual española contar con producciones así y hay que disfrutarlas.

El otro día estuvimos hablando en El Quimérico Inquilino de La casa de papel con Daniel Prim. Así que provecho y os dejo por aquí el podcast.

También nos tenéis en Ivoox y en Youtube.


Sergio Véliz.

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